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Tres poemas de un bardo pintor.


Selección de textos de Lázaro Gómez Castañeda, Pelayo.

Atardecer en la mesa

No estoy con los que se codean. Prefiero como aquel que indaga el cielo en la basura arrastrar el tumulto paralelo a la hierba. 
 
Si viviera en la montaña podría ver pasar las nubes, las estaciones, los obreros al trabajo como los  pájaros a sus dormitorios, podría anotar, señalar, poner mis cosas al margen, esto sería en la montaña; pero vivo un dolor más cerca con aquellos que saben esperar el sol tiritando en la mesa. 
 
Voy a calmar sobre la hierba unas heridas que pasan por alto.
 
Se mueven las nubes rasantes a los árboles e Imagino el paisaje remoto donde crecí como un huésped. Recuerdo las tabernas, las mujeres heladas que preferían el vodka.
 
La muchacha que entra, puede ser como una de la taberna, de aquellas que se divierten a mangas por hombres y sudan el delantal floreado en el calor de la isla. Trabajar cansa decía el vigía.
 
No soy como el de Turín aunque prefiera indagar el cielo en la basura y arrastrar conmigo el dolor de los que esperan. 
 
No estoy con los que se codean, con los que sacan el tuétano y esconden la herramienta del quirófano. 
 
Estoy en los cuadros del hastío, en las fotos que viajan por el pueblito donde fui torpe, adherido a las aguas turbias, a las flores dobladas bajo el cielo, quizás  como el de Turín, tal vez como el de otra isla.
 
No estoy con los que se codean con los que bajan y suben de acuerdo a las aguas prusia.
 
La mesa está servida. El océano está servido. Las flores inclinadas. Las nubes viajan rasante a los árboles y quedo tendido donde han sepultado a un ciervo. Las nubes viajan, las veo circular y cambiar de figuras, veo incluso el silencio de los patos en las gélidas aguas, el dolor del obrero, aquel que viaja en su barca en busca de productos. No puedo ser más sencillo, no puedo recordarles la mesa donde poníamos aquel búcaro con flores chamuscadas que no hacen estornudar ni clamar.
 
Respiramos a ciegas por un país que no vuelve. No estoy, ni voy con los que se codean al escándalo. 
 
Huele a excremento de ave, a producto interno bruto, huele al pan de centeno, de centavo, de centella, a obrero arrodillado ante la mesa, aquel que viaja hacia el empleo bajo la niebla.
 
Olvidado el torpe, al mequetrefe de la montaña, al menguado. Llueve en Turín. 
 
En el pueblito donde  fui criado como un huésped la lluvia es distinta. 
 
Llueve por la virgen de Reventón. Las flores se inclinan. El sol se inclina. Las aguas pasan aciclonadas, no puedo ser como el de Turín, no puedo ser como el germen aunque indague el cielo en la basura y sea el desperdicio. 
 
II
 
Si parto será para la montaña, desde el alto puedo contar el rebaño, las cabezas mugrientas en desatino.
 
Prefiero el maíz, la verdolaga, como aquel de Richmond, como el de Boston, como el huérfano de John Allan, como quien viaja en las cicatrices del país y guarda el dolor del cuervo.
 
No estoy con los que se codean. Prefiero nombrar las cosas, señalar los objetos que pudren, las aguas que nos mecen. 
 
Pasan los autos, sus matrículas se esparcen como el polvo. 
 
Veo el obrero ir hacia el empleo. El obrero en su bicicleta Niágara. Como todas las  mañana de la fábrica vuelven los autos, los hombres, la niebla, pero no veo los autos. 
 
Siento el frío blanquecino adherido a la piel como rebanadas de mi cuerpo.
 
No puedo estar con los que se codean. Pueden ser como el óxido, como la propia sangre que traiciona.
 
III
 
La mesa está servida. 
 
El océano servido.
 
Dios obtuso como el hombre elegante que va por el mundo regalando flores. 
 
Dios es simple dicen todos.
 
Dios sentado a la diestra y a la siniestra golpea.  
 
Sangra mi llaga. 
 
Sangra el cerrojo de la cadena. Sangra el ladrido del perro, el zapato del obrero, la nube que pasa rozando el árbol.  
 
Sangran los patos en el silencio del lago, un balconcito donde entra el sol a guarecerse.  
 
Sangra la barca. 
 
Sangra el crepúsculo y el jardín de crisantemos. 
 
Sangra el pueblito donde crecí como un huésped. Sangran los autos rusos, el pestillo de la ventana.  
 
No puedo ser más sencillo, la puerta se abre, la mañana se abre, el sol se inclina.
 
 
Tapiz de fondo.
                                                            
100% seda, brocado escarlata, muestra de la dinastía  
para inolvidable mesa de turno.
Montículo de porcelana china a revienta aires de nobleza,
 casta propietaria del más distinguido bosque de murano.
Vino de borgoña orquestado por orfebrería de plata,
Jarrones, rosa carne, atribuido a  cuadros renacentistas, 
vajillas merovingias.
 
Sólidos y fuertes, elocuentes aún,
 dueños de cuanto hay y queda por descubrir
tras elegantes telas colgadas en ventanales soberbios.
 
Bastaría una señal, un diminuto gesto olímpico, 
para atraer la muchedumbre salvaje.
 
Pálido ante espejo, jamás tuvo cojines de armiño, 
alpaca en butacones ébanos;
Confortables y limpios, reprochados y cómodos, 
pernoctados a la sombra de servidumbre,
héroes convincentes del más relucido hastío, 
dueños de la palabra alabastro, cuarzo, cuchilla Gillette.
 
Hermosa cena de turno, 
aquella puesta en salones de belleza armada. 
Pareciera el templo de Artemisa atiborrado de ruiseñores. 
Flores en cestas de mimbres, 
candelabros y fragantes cirios.
Madonas  relucientes, 
lamparitas de noche reclutadas luego al saloncito sepia, 
replica de suite faraónica con lapislázulis y pastas vítreas.
 
Cuadro sobre cuadros, bodegones con cisnes salvajes
y brocado escarlata.
 
Arrancar plumas al faisán  
muestra cuándo y como puede cocinarse el ave.
La vendados de nuestros ojos es muestra de cuanto poder 
a la sombra de árboles lozanos.
Tolerantes, rupestres. 
Un ojo en la fuente de Ohio, 
el otro en los jardines colgante de Babilonia, 
ejemplo de aquellas soberanas tribus, 
tras ángeles que mean copiosamente, fuera del retrete, 
cerca del sacerdocio ocultos de la servidumbre.
Jamón de pata negra, carne de ternera, 
ponches con huevos de codorniz 
aves rabiosas extraídas de hermosos cebaderos.
 
Mesa sobre mesa, brocado escarlata, 
cuadro sobre cuadros, cocina y condimentos málagos.
Malacia, su malignidad
Sr Richard 
Sr Esteban   
Sr Belisario 
Sr Alejandro. 
Yo me alimento con paja de arroz convencional.
Hurgo la tierra a encontrar el musgo; 
desde allí han de venir los vivos
para acarrear los muertos.  
Muertos somos    madera proletaria.
Dios por toda la mesa  y en mi mesa, mendrugo, miseria.
Yo me alimento con paja de arroz convencional,
mar de fondo, piélago más allá de tierras prometidas.
 
Cuando fermente el vino voy hablar por los codos.
Voy a estallar en jerga aborigen  manteca de cerdo, 
comida chatarra.
Cuando estrellen la porra contra mi cráneo 
voy a gritar saco de yute, calefacción con cianuro, 
eggun  para quien supone almorzar con descaro
queso confeccionado con leche  de cabra Holandesa, 
rodajas de pan al horno, 
pasta de sésamo aderezada de ajonjolí.
Cuando me tuerzan el Cuello ¡perdón! 
Cuando ajusten las tuercas del tálamo 
voy a chirrear rojo escarlata, ubre de baca sagrada, 
ira de búfalo, ovino caprino, 
caballos copos de nieve, bestia aborigen.
Cuando salga a cobrar el  espacio palmo a palmo, 
dedo a pelo, alambre púa, 
rabia por ojo, ojos por bolas, bolas por diente de perros,
tortores ígneos.
 
Cuando me tuerzan el Cuello parapléjico
haré rugido de león, 
jerga druida a las puertas de Roma.
Cuando me agiten odre de ponche criollo, 
voy a expulsar yemas de rabia, 
bola por huevo, huevo por ira de cóndor.
 
Llegado a la sombra, querido hermano mío, 
todo deshilachado como una bandera de hebras escarlata.
Tú que sabes atravesar valles de sombra
sin jamás detenerte en las piedras de Moais 
ondea en el campo la majestuosidad del músculo 
que estimula al fémur.
Cruza ese monte de espectáculos horrendos 
y drena en brío el impulso sonoro del alma, 
propela  y baja allí a la vegetación lozana 
donde canta el mirlo y templa el cuerno 
que expulsa arrogancia.
Ve soberano, 
apresúrate a traer un manojo de plantas amargas  
para evacuar esta peste ridícula.
Abre la puerta que conduce al escarnio.
No regrese sin ocultar en la manga el As de placer 
para sentarse a la mesa con los tres platos reales. 
Excava como quien busca y encuentra en pajares, 
además de aguja, hilo y rueca; 
no olvides que quiero realizar un tapiz con fondo  
para exorcizar el tedio. 
Soberano amigo mío, 
apresúrate a encontrar esas menudencias, 
debo ordenar nuestra mesa, debo encender la estufa. 
 
 
 
Polvo de necrópolis en jardines
                                                                       A: José Luis Serrano
 
Polvo y acre.
Acre y polvo sobre polvo.
Colonias óseas,
dunas a infectar el paisaje.
Nomenclaturas  biológicas, 
oscilaciones indigentes.
Cortar los cables no tiene algún sentido,
curar la bestia para volver al camino, 
no tiene algún sentido.
El fuete silba y surca el aire
por eso el animal vino a olfatear
cuando tendido en la hierba 
semejaba un piel roja,
carne putrefacta, 
peste egipcia en  tierra.
Polvo de necrópolis a infectar el paisaje,
Jurisdicciones bastas. 
Por última vez soberano
muéstrame el camino como aquellos insurgentes
mostraron la carga,
la concentración del jubileo iracundo.
Otra vez soberano muéstrame el plato opresor, 
los pernos que amortiguan los golpes.
Polvo y acre.
Acre y hueso entre las dunas.
 
II
 
Buitres, cuervos con pañuelos de olivos,  
a morder la escasa luz
a morder con sorna,
buitres ,cuervos de las furnias,
 
Soy de monte adentro, vengo de adentro del monte
y pongo los decibeles, control del canto iracundo.
 
Soy de monte adentro y salgo con lamparitas,
no confundir con palomitas blancas,
con el punzón del haite,
luz para dormir en el claro del bosque,
luz de ceniza y keroseno,
candil para dormir en el oscuro del monte,
candil entre huesos y árboles foliados.
Lucecitas de incestos a salpicar lentejuelas.
 
Aquí los amaneceres son menos apacibles.
Halo del ojo renacido,
ojo con el halo de la fiera.
Círculos, piedra sobre piedras,
grandes colonias y huesos parlantes 
 
III
 
Sentado al pie de mi tumba dibujo un mapa rupestre,
camino por donde han de bajar escarabajos.
 
Soy un indio, ya dije, 
un siervo adherido al paisaje, 
la obsesión del niño que escribe en renglón torcido
la sagrada  escritura. 
 
En letanía los hombres  permanecen; 
permanecer es asumir la atmósfera en silencio,
hoyo fúnebre que atraviesa el labio y hace la cruz eterna, 
punto en boca. 
 
Polvo y acre.
Acre y polvo sobre polvo
hojas sobre hojas muertas.
 
He sentido al bosque aletear sus alas, 
he sufrido el bosque porque llego de remotos dolores.
Clorofila y musgo,
hueso del fruto,
leña del árbol caído.
 
He oído cantar la zorra en los forúnculos, 
he visto la colonia de insectos 
abrirse atajos próximos al  estiércol.
Arrastran el carro de Oggun,
suben el carro de la soya en alucinaciones, 
café Oquendo,
café cubita,
café en la paranoia, 
café amargo y remoto,
café alterado de legumbres.
 
Suben el pan y sube Dios por la cuerda 
a los ahijares del cielo,
saltos indios, rostros momificados, 
por eso la jovencita se persigna y se recuesta al farol,
hecha a volar sus ansias y cae en la noche onírica.  
 
No hay quien lave las llagas, 
no hay quien quite la mortaja.
Ovejas duermen a orillas de las barracas,
Catástrofe u holocausto, 
las ovejas se apoltronan porque no tienen?
los señores del palacio 
están echándose fresco en las butacas,
asientan el miedo en la medula,
fibra que pasa a la cabina, 
cabeza que gira y pende,
sostén insostenible que acumula el peso.   
¡Madre mía qué hacernos cuando caiga la nieve!
Hay florecidas flores  libadas en el jardín, 
eses de ovejas que no llegaron al portón, 
ventanas rupestres a donde cae la luz.
 
Humedecía la lengua con el vinagre 
mientras abría los brazos con opulencia. 
Cantaba el hombre de lengua torcida.
Cantaba junto a insectos cargadores de estiércol. 
No me corten carne de aquí ni de allá, ni del fémur.
 
Repetía el hombre de lengua extraviada: 
a la luz del sol, a los altos bosques 
para sentir el corazón calmarse en la hierba del pecho.
 
Los pájaros posados en las ramas más débiles 
tragaban el canto del obrero y la koljosiana. 
Yo humedecía los labios y  hablaba en lengua torcida 
los caminos rectos.
Recuerdo la tierra basta, la hoz y el martillo 
que acarreaba el dolor, 
tierra quebrada del disco y  caracolitos blancos.      
Pero la noche calló en los ojos de perro solariegos 
y bebimos lágrimas negras.
 
Polvo y acre.
Acre y polvo en  jardines,
huesos parlantes entre las dunas.
Grandes colonias de huesos a infectar el paisaje.
¿Quién habrá dejado esa otra lamparita
Que por el pabilo hecha flor?  
La luz de los cirios no tiene sentido. 
Cortar los cables no tiene sentido.


Publicado: martes 20 de agosto del 2019.
Última modificación: martes 20 de agosto del 2019.