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Sobre el libro «En el aire debe estar la transparencia».


Juicios y opiniones críticas sobre libro de Andrés Conde Vázquez.

LA TRANSPARENCIA EN VERSOS

Por: Rafael Rodríguez Pérez  (Estudiante de Periodismo)
 
El eminente filósofo Emmanuel Kant, entre sus preceptos estéticos, consideró a la poesía como la forma suprema del arte. Leyendo En el aire debe estar la transparencia, poemario de Andrés Conde Vázquez (Media Luna, 1949) publicado recientemente por Ediciones Bayamo, me convenzo de cuánta razón asistía al pensador alemán cuando validó esta nueva concepción de lo bello.
 
En versos de fina sensibilidad, Conde es capaz de elevarse hasta la representación del ideal y ofrecerlo íntegro, porque "su corazón es una piedra porosa centrada en el frío de la noche", piedra que él quiere llenar de sueños y7 compartir con todos, aún a riesgo de que se la maltraten o la rompan.
 
Con una poesía que elude convencionalismos y esquemas, es capaz de crear un cosmos singular en el que de alguna manera nos vemos reflejados. Sus textos no necesit6an rima ni signos aparentemente imprescindibles. El amor, el desamor, la nostalgia, toman en sus manos un dulce matiz de intimidad que logra cautivar.
 
Con la virtud de quien descubre secretos a la vida, ha hecho suya la sagrada transparencia del aire y la ha trasladado a sus creaciones. Un mensaje esperanzador vibra en ellas, como si quisiera demostrar que existen formas sublimes de gritar verdades.
 
Ni el rebuscamiento innecesario ni la abstracción absurda hacen mella en este libro. En sus páginas encontramos un lenguaje edificante, directo y que no deja de ser hermoso. Esta sencillez, que pudiera parecer pobreza poética al lector quisquilloso, constituye en verdad su principal atractivo.
 
En el aire... es una generación que canta negada. Allí, desde su Media Luna, el poeta repasa este universo nuestro donde es tan necesaria la poesía y levanta la voz para decirnos: "dejemos que su mano cálida nos apriete el corazón/ a partir de ese momento la tierra comenzará a florecernos".
 
Fuente: La Demajagua, sábado 28 de Junio del 2003.
 

LA TRANSPARENCIA DE LA POESÍA

Por: Carlos Manuel Pérez
 
                          El lenguaje del poema es el lenguaje de todos los días y, al mismo tiempo, ese    
                          lenguaje dice cosas distintas a las que todos decimos.                   
                                                                                  (Octavio Paz: Los reinos de Pan) 
 
En ocasiones contraemos deudas con personas no conocidas y con libros no leídos. Deuda que se acrecienta con el pasar del tiempo y la complicidad de la ignorancia. Hasta llegado el día en que sin motivo aparente nos sumergimos en las páginas relegadas y como si asistiéramos a la decapitación propia, caemos en la cuenta de la lectura desaprovechada, del autor descubierto y su más recóndita intimidad. 
 
Por varios meses, quizá más de un año, mantuve encerrado en una gaveta del buró de trabajo, el poemario En el aire debe estar la transparencia, de Andrés Conde (Media Luna, 1949), procesado por Ediciones Bamayo. Nada especial me llevaba a ello. A lo mejor el miedo por tanta poesía que en esta época nada aporta al intelecto y al espíritu, o el prejuicio por un escritor que la madurez lo alcanzó sin publicar más que unos pocos textos.
 
Craso error. Debí leer el volumen en cuanto llegó a mis manos. Escuchar las voces de quienes alguna vez me hablaron con elogios acerca de aquel que a pesar de su discreta permanencia en el terruño natal, no detiene la hábil pluma con la que deja escapar los aullidos del alma. Eso: desgarraduras, laceraciones, punzadas, son los versos con que trata de calmar el llanto de su cotidianidad.
 
Conde, el joven que exorcizó los humos de la mocedad escuchando (tal vez furtivamente) a los Vétales, y que gime todavía por la muerte de Lennon, abre las puertas de su corazón con la transparencia de la palabra. Antecesor de las generaciones que en los años 80 y 90 polemizaron la poesía, la suya es una composición no alejada de esa rocambolesca manera de expresarse, pero tampoco gemela de ella.
 
Él prefiere la elegante sencillez del verbo, el desenfado, a la complicada búsqueda de terminología con que muchos impostan erudición. Y he ahí un mérito ineludible de su creatividad: el don de utilizar "el lenguaje de todos los días", para decir "cosas distintas a las que todos decimos". También esa forma de poetizar como si contara una historia, la suya, la de quienes se asoman al espejo que no refleja las máscaras ni las poses, sino los rostros auténticos y las verdaderas actitudes.
 
Andrés Conde no deja nada fuera de su percepción. El amor convertido en acto sublime le permite alcanzar altas tesituras. Como Octavio Paz habla en Eros y Psiquis de la poesía de Safo, la poetisa griega, podemos hacerlo de los poemas eróticos de nuestro coterráneo: "no son una filosofía del amor: son un testimonio, la forma en que ha cristalizado este extraño magnetismo".
 
Muchos de los textos del poemario parecen escritos en momentos de alucinación. Nos llevan por paisajes extraños, laberintos concéntricos, pesadillas trepidantes que continúan luego de emerger del sueño. La comunicación no se rompe. El diálogo se establece a un nivel más allá de la razón, dejando el campo libre a las emociones, a lo escondido en alguna zona inexplorada de la conciencia.
 
En el aire debe estar la transparencia me ayuda a saldar mi deuda con Andrés Conde. Pero todavía debo lamentarme y arrepentirme por mi morosidad para llegar a un poeta, que callado en una esquina de la provincia, versifica su vida y su muerte como si se desangrara, como si fuera el último acto vital, en el que le garantizara el pasaporte hacia la inmortalidad. A la par me alegro. No sé si llegaremos a coincidir en alguna reunión de intelectuales o simplemente en la calle o en un parque. Mas el camino ya está planteado.
 
Fuente: La Demajagua, sábado 28 de agosto del 2004. 


Publicado: miércoles 21 de agosto del 2019.
Última modificación: miércoles 21 de agosto del 2019.