"Solo sé que hurgo y encuentro/
un poco de humedad/
en mis sucesivas pieles".
Julio Sánchez Chang
Debo comenzar haciendo una confesión: me resulta difícil hablar de Palabras para el sordo y es natural que así sea. La divina, misteriosa e imprevisible inspiración que visita a escritores y poetas no siempre tiene para cada uno igual comportamiento, ni en su forma es común para todos. Ya dije que es imprevisible y muchos prefieren no hablar de ello, pero como en mis "ratos libres" he ido disfrutando del placer que produce la lectura de poesía y porque conocí personalmente a Julio Joaquín Sánchez Chang desde que me iniciaba en la literatura y él preparaba su primer libro Los espacios que habito, que apareciera por la Editorial Abril en el ya lejano 1991, es que decidí correr el riesgo de presentar este otro título de mi hermano Julio.
Palabras para el sordo se distingue por ser una escritura de aliento y claridad esenciales, donde el lenguaje alcanza una extrema depuración y apreciables valores de trascendencia y novedad. Sus textos se apegan a un contenido de rumor lírico y el escritor siente una constante vocación por escribir aquello que va descubriendo a su paso. Con la palabra justa, con la más aguda y agresiva ironía, Julio nos propone una poesía espiritual y como prestidigitador es capaz de hacer poesía inventando algo que no era poético pero que puede serlo.
En mi opinión, Sánchez Chang, es uno de los poetas que escribe porque sí, porque le viene, porque es poeta. Su poesía, a veces susurrante, a veces estentórea, entre musitaciones, murmullos y cadencias clarificadas se hace en este libro voluntaria y regresa, por ello, a su vieja condición descriptiva/interpretativa del mundo.
En la obra de Julio hallamos una cotidianidad vuelta íntima, celebrada y sentida en lo más hondo. Y en ese entorno diario, corriente y maravilloso a la vez, busca el poeta para expresarse una oralidad familiar. Su poesía no pierde intensidad en ningún momento al estar sostenida por imágenes de gran fuerza y belleza.
Ninguna huella de apresuramiento hay en sus versos. Julio canta al espíritu, mirándolo a través de la impronta que éste deja en la realidad. Su mirada penetra, como una saeta, hasta lo esencial y se vale para ello de una adjetivación nunca excesiva, de una variedad tropológica siempre subordinada al tema central, y a pesar de su fantasía, relativamente difícil de decodificar.
En la contracubierta del libro el editor nos dice: "A través del poemario el escritor sentencia: "nadie puede abandonar su realidad naciente frente a los ojos: tenemos que seguir por las calles, los parques, los amigos, las viejas canciones azotándonos la quietud de los años? para vivir intensamente" y coincido plenamente con él.
A estos cincuenta y un textos los acompaña, los empuja, una fe que el mismo autor creara. De ellos podría hablarse mucho, escribirse extensos párrafos, dubitativos o afirmativos, pero lo creo innecesario, aunque sí me atrevo a asegurar que el poeta continuará estremeciendo el silencio con sus palabras.
Tenemos que agradecer a Ediciones Orto por este título de su colección "Pulso y Onda" que viera la luz en el año 2003 y del que tenemos que destacar también la cuidadosa edición de la poetisa Juventina Soler Palomino y la acertada ilustración de cubierta del artista de la plástica Wilfredo Milanés Santiesteban.
Ya Julio no está físicamente entre nosotros y por ello me permitiré compartir con ustedes algunos de los poemas aparecidos en el libro.
Muchas gracias.
Ángel Larramendi Mecías.
23 de noviembre de 2011.
Publicado: viernes 13 de abril del 2018.
Última modificación: jueves 30 de mayo del 2019.



