"La libertad está en ser dueños de la propia vida".
Platón.
Después de la tormenta los dioses crearon el silencio, el verbo no fue más, la paz conquistó el alma definitivamente, para gozar la dicha de verlo todo sin poder modificarlo.
Esa ilusión de éxtasis o hipnosis real en la primera sugerencia, nos advierte que algo nuevo ocurrirá. Tras descubrirse el primer telón de misterio, ya son nítidos los personajes, comienza la película de Alejandro Amenábar, con un conflicto cargado de trágica angustia, esa frontera entre la vida y la muerte, ese afán humano de tomar la una, o la otra, definen el tema: la libertad que se nos manifiesta tangible, incierta -desde lo ético- y confusa para los que tienen algo que perder.
Mar adentro, la última película de Amenábar, nos conquista desde una confesión llena de diversos límites morales. Por momentos nos recuerda, sin temor al enjuiciamiento, ese otro cine que se hace en Hollywood, donde las fórmulas comerciales no cambian desde siempre. Su guión no es de los proscritos por pedantes productores de golosinas empalagosas, y tampoco este hecho prostituye al director, que resulta la misma persona, porque toca el misterioso y mágico resorte con la herramientas de construcción que sabe manejar muy bien, aunque la fórmula sea la misma; él sabe cambiar los sabores con una receta exclusiva, cubierta de pura sensibilidad ante la extraña y sana aspiración de Ramón Sampedro por morir, elemento y personaje nucleares del conflicto.
La palabra «muerte» asoma, una y otra vez, en el nivel dialógico de esta puesta, donde parece que no hay otra, ¿será casual, o sinónimo de libertad? Cualquiera que sea la respuesta, no dejo de pensar en Shakespeare y esa otra relación triádica: amor-muerte-libertad, visto desde la secuencia confesional de la abogada, que tras saberse perseguida por la parca, promete, como lo hiciera Julieta, ese amor en el mundo de ultratumba, una tragedia que nos recuerda el fatum del héroe en la tragedia; con la diferencia de que la epopeya no es por la vida, sino por la muerte. Estos caminos recorridos por el realizador, por ser tan trillados, nos resultan a ratos desconocidos, por ello adivinamos que el punto de resolución del clímax ha sido el objeto de progresión dramática: la muerte tan esperada.
No hay sorpresas, sólo puntos de giro que mantienen una motivación bien dosificada, a la vieja usanza del melodrama más corriente, que equilibra convencionalmente toda la historia, al punto que se pueden adivinar los cambios de ruta del drama sobre una base narrativa lineal, lo que constituye el sustento de su montaje y edición de forma general.
Las rupturas con el lenguaje fílmico convencional están dadas en el uso de finas transiciones que no incluyen efectos visuales para mostrarnos los cambios de espacio y tiempo, también perfectamente aplicables a la descripción de los estados emocionales del personaje principal; se trata de imágenes poéticas vistas desde una sintaxis audiovisual refrescante, que le deja al espectador la oportunidad de descubrirse en la piel del personaje, en hacerse de un punto de vista protagónico, que trasmuta la presencia del actor por la nuestra. Es así que podemos volar, o cambiar de una habitación a otra por contrastes de planos, asumidos desde una concepción dinámica que nos une y nos deja la posibilidad de reconstruir la idea y traspasar el espacio y el tiempo sin mediación de otros artificios visuales o sonoros. Es sencillo, el sonido rueda como en música y el personaje se levanta de su postración, entonces nos entrega sus ojos y somos nosotros los que corremos, como el simple movimiento de cámara -Dolly-in-, cuando se llevan los ángeles para cubrir un recorrido plácido entre montañas y paisajes paradisíacos, una especie de refrescador de pantalla que termina en un encuentro onírico entre Ramón Sampedro y Julia -uno de los secundarios protagónicos-, que se vira y nos mira; luego, volvemos a cederle el puesto al personaje que dice su bocadillo, regalándole un beso al borde de la espuma del mar.
Dentro de esta hilaridad propuesta, por lo general y lineal de la historia, existen pequeñas subdivisiones del montaje que nos hacen retroceder para conocer el pasado de Ramón, son «fugas fugaces», al decir del cowboy del cine americano: «pequeños tiros al aire», flash-back, escapes al recuerdo materializado en fotos de períodos más heroicos y juveniles, lugares distribuidos por el mundo entero, que Julia hojea, y la banda sonora reconstruye frescamente ante nuestros sentidos, que decodifican, sin menor tropiezo, la idea sugerida por un simbolismo muchas veces usado en el cine. Otra segmentación del montaje, en función de la progresión dramática del filme, está localizada en la aparición de los planos, donde ocurre el hecho que motiva la consecución connotativa de las acciones subsiguientes. La caída, el choque terrible con el fondo marino, y el escape inducido a la superficie; son tratados con un tempo que nos permite vacilar ante una solución previsible, es decir, no nos atrevemos a adivinar qué sucederá, ésto sólo ocurre en la primera aparición de esta evocación, pues dicha secuencia no volverá a ser insertada, como suerte de fragmentación incisiva del montaje, hasta el final de la película, en el que se le cercena el rescate por razones obvias: el hombre ha muerto, mar adentro. Fuera de estos segmentos extraídos de contexto, para significar lo novedoso -pero no sorprendente-, el resto del montaje y la edición se comporta de la manera más ordinaria posible, equilibrado, eso sí, por el peso del discurso dialogado por cada uno de los personajes, el cual es inteligente, sutil, y en ocasiones responde a una filosofía de la crueldad, «a ese hundimiento central del alma en un espíritu de anarquía profunda, base de toda la poesía».
Llegados a este punto, el guión de Alejandro Amenábar y Mateo Gil, pretende complacer al público, complace a muchos críticos, según referencia, pero puede dejar insatisfechos a seguidores de la obra del director de esta cinta española. Algo es claro, está bien contada y mejor actuada; es una extraña mezcla de ardid y hermosa fábula, síntesis de la sensación de vida y el deseo de muerte, asociada a la dualidad de vivir muriendo, poco a poco.
Si hay algo sumamente visible es el inventario mundial de películas con argumentos similares, es la existencia de otros títulos que demuestran, otra vez, que este camino ha sido pasado. Ejemplo de ello son cintas más o menos recordadas como «Magnolias de acero» o «Lorenzo?s oil: El aceite de la vida». Algo así como el boom lacrimógeno que en su día fuera «Kramer contra Kramer». La gran ventaja de «Mar adentro» sobre estas películas, es su intención de reflexionar sobre la muerte, vista desde la vida.
Entre otros contrastes, «Mar adentro» es una travesía de ficción fascinante, una realidad otra, matizada con toques de humanidad, y un tono naturalista en la fotografía, casi turística; en el encuadre, o la selección de locaciones de nítida luz natural, que provienen de ese buen profesional en la especialidad que es Javier Aguirresarobe, puesto bajo el mando y la batuta indiscutible de Amenábar, ingenioso director de actores, narrador visual y realizador deslumbrante. Su destreza no impide notar un acercamiento transcultural en lo visual, a esa otra mirada «made in USA» que muestra, utilizando todo tipo de recursos de producción: cabezas calientes, travelings, etc. Para la banda de sonido su director mezcló parlamentos hablados en castellano, gallego y catalán. Siguiendo el curso de las especialidades en estas películas, Amenábar compone buena cantidad de las partituras, haciéndose así también con un apartado en sus créditos, lo interesante radica en que logra realizar una suerte de mezcla-fusión de música ibérica con acordes de contraste para planos de transición, o de situación, que nos sitúan de nuevo en la clásica utilización de este bello componente, en función de una innegable rutinización, acusada en filmes de otras latitudes; la música objetiva suele, en muchas escenas, convertirse junto a la imagen en elemento de transición, no interrumpiéndose, precisamente, cuando se observan cambios de espacios en pantalla; con todos estos esfuerzos tal parece que a Amenávar le interesa, a toda costa, que su Mar adentro sea lo más comercial posible, que rompa taquillas, disuelva fronteras, gane premios como ya lo ha hecho, y esté en las carteleras del mundo.
Javier Bardem ha revestido su osamenta con los atributos íntimos y externos del personaje, en el cual gravita toda la historia, y lo ha hecho con una legitimidad y autenticismo tal que es el elemento más deslumbrador de toda la trama, incluso por encima del argumento que, sin una actuación de tales límites, no hubiera salvado la película del peligroso y vulgar paradigma comercial norteamericano; sus aciertos histriónicos son harto conocidos en otras películas: Jamón, jamón, de Bigas Luna; Antes que amanezca, biográfica visión fílmica de la turbulenta vida del escritor cubano Reynaldo Arena; Carne trémula, de Pedro Almodóvar; Los lobos de Washington, de Mariano Barroso, entre otras muchas producciones españolas. Esta vez compromete su capacidad profesional con un discurso intimista, cargado de ironías y de una clara propuesta polémica sobre las relaciones hombre-sociedad, hombre-justicia, hombre-hombre; las palabras puestas en los labios de personajes por sus guionistas -y aquí de nuevo Amenávar- son justas, en tanto nada les falta, o nada les sobra.
El resto de las actuaciones, si bien resultan convincentes, tienden a ser complementos llamados a jugar el papel de satélites que circunvuelan alrededor de Javier Bardem, pero lo hacen con un desenfado natural, orgánico, sin mayores pretensiones; tales son el caso de Belén Rueda asumiendo el papel de Julia; Lola Dueñas asumiendo el de Rosa; Mabel Rivera como la cuñada de Ramón Sampedro; todos diseñados, tanto interior como exteriormente, para cumplir la función de dar progresión al drama; sin embargo, un personaje que pudo haber sido mejor trabajado resulta el desempeñado por Belén Rueda, por su íntima ligazón con la problemática del protagónico, y la similitud de su conflicto existencial, no obstante, a medida que avanza la película, se va desdibujando y queda totalmente incoloro, sin matices psicológicos de salida, mirando, en la última escena, frente al mar.
Aunque esta cinta no resulta una declaración de principios, sí establece puntos polémicos relacionados con su argumento; su personaje fundamental declara un cuestionamiento lúcido de la libertad del hombre en sociedad, constreñido por ésta a realizarse, comportarse y actuar, según convenciones socio-políticas y culturales, que dejan al individuo al margen, como ente en sí, miembro de esta agrupación humana. Las leyes e instituciones son inútiles en muchos casos, cuando las personas en singular solicitan su porción de libertad, y esto, desde el punto de vista filosófico, queda cuestionado por Ramón Sampedro en el debate que sostiene con el sacerdote católico, que es una solución argumental salpicada de humor blanco, sin comicidad alguna; esa extraña interdependencia entre un sacerdote -tetrapléjico-, una escalera, y otro paciente de la misma enfermedad un piso más arriba, que sólo tienen por intermediarios dos seminaristas que debaten los temas de la vida y la muerte. Es como si Dios, en las alturas, apostara por la muerte, para tales condiciones de vida, a través de la eutanasia, como defiende Ramón, y el sacerdote obligara a su Dios a apostar por la vida, cuando en concreto el cura afirma, tanto en la iglesia como desde el púlpito, que después de muerto, todos los humanos tendrán que estar frente a Dios en persona, y que el camino para ese instante, es sólo después del fallecimiento físico.
El sacerdote lanza una frase lapidaria para censurar la actitud de Ramón, «Una vida que elimina la libertad, no es vida», a lo que el personaje fundamental responde «y una libertad que elimina la vida, no es libertad». De esta forma, el realizador y guionista resuelve una de las posiciones filosóficas de fondo, presentes en la película, poniendo en tela de juicio el carácter negativo de la religión en estos casos.
La cinta «Mar adentro» resulta entonces otro ejercicio de entrenamiento para el ocio, que no persigue más de lo que da; y si por algo me he atrevido a pronunciarme es porque el mar reaparece como personaje, o por mi noble pasión por el mar, en fin, el mar...
Publicado: viernes 13 de abril del 2018.
Última modificación: lunes 03 de junio del 2019.



