"Todavía no se han levantado las vallas
que le digan al talento: «De aquí no pasarás.»"
Ludwig van Beethoven
Fue, quizás, el azar quien me llevó a encontrar al Benny. Mi casa siempre estuvo poblada de la música popular cubana, de hecho mi padre fue músico y mi abuelo era dueño de un bar llamado «El túnel», de cuyo lugar heredé una extensa discoteca -por supuesto los discos de la vitrola- donde estaban todas las placas de acetato de Benny Moré. No sé por cuál razón desde los doce años me gustan tanto las bandas de jazz y el propio jazz. Buscando entre Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Nat King Cole o Louis Armstrong una melodía distinta, ya que en aquel momento el jazz tampoco era muy difundido, descubrí la figura del Benny; por aquel entonces -años 70- su difusión era muy esporádica en la radio y en la televisión no se ponía porque el Benny nunca llegó a grabar videos, que es el soporte o formato de registro propio y natural para la televisión, además los kinescopios guardados de los años cincuenta y sesenta, sólo se vinieron a exhibir mucho tiempo después. Otra de las casualidades fue la pieza A la Bahía de Manzanillo, interpretada por el Benny, cuando descubrí el nombre de su compositor, Ramón Cabrera -por raro que parezca-, sentí aún más curiosidad; es de imaginar que alguien que tenga tus propios nombre y apellido estimule un poco tu ego a la altura de los 14 años, y máxime cuando El Bárbaro del Ritmo le canta a tu pueblo. Así entró en mi vida Benny Moré, de una manera tan natural, familiar y sublime al mismo tiempo, que me conquistó para siempre. La anécdota resume la imagen emotiva que guardo de Bartolomé Moré, al cual no conocí como otros que sí vivieron en su tiempo, y me sirve, asimismo, como pretexto para fijar cual es mi aprehensión a esta figura de la cultura artística cubana y comparar, de cierta manera, la idea con la concreción, en imágenes, de una cinta sobre Benny Moré que se acaba de estrenar en el país.
El cubano Jorge Luis Sánchez realizó El Benny y confieso que mi primer encuentro con la cinta resultó ser muy estimulante; las emociones oscilaron en diferentes zonas de mi apreciación.
El trabajo musical y sonoro de la película, que si bien está lastrado por la falta de una muestra más ensanchada de temas musicales del Benny, resulta excelente; teniendo en cuenta que todos los números fueron grabados nuevamente, en una suerte de reconstrucción articulada, en la voz de un santiaguero, el juglar Juan Manuel Villi, que supo calcar acertadamente los colores y el timbre de una tesitura inconfundible. Todo el apartado de la música quedó bajo la dirección de Juan M. Ceruto, que sin lugar a dudas supo adquirir un registro inusitado y presente, en cuanto a tecnologías se refiere, de un pasado todavía latente en buena parte de los oídos que recuerdan al Benny, quien a su vez, no conoció las bondades de los estudios sofisticados de hoy.
Esta cinta logra, de manera impecable, reconstruir La Habana esplendente de los años cincuenta, con una fotografía magnífica y una dirección de arte que, a todas luces, le imprime al conjunto de la obra ese suave soplo nostálgico de La Habana bohemia, la otrora ciudad, donde el espectáculo y la farándula era parte consustancial a su diario palpitar cultural. Este tipo de filme es un ejercicio en extremo arriesgado, por sus costos de producción, sin embargo Jorge Luis Sánchez lo supo sortear con destreza, pues sin una pretendida mega producción, y a través de una fotografía cual mirada, consecuente con los recursos disponibles, apostó por una recreación lúcida de la capital en los años 50, y nos crea una aproximación bastante fiel de la época.
El musical en el cine cubano tiene una larga data, desde mucho antes de la fundación del ICAIC, pues fue muy bien explotado como filón comercial, descubierto en esta isla de la música desde el mismo momento de la irrupción del cine sonoro; nos enseñó un muestrario que a ratos nos recuerda las imágenes de Rita Montaner, Celina y Reutilio, Bola de Nieve, entre otros célebres de nuestra cultura musical; gracias a ese cine, estos íconos de nuestra nacionalidad llegaron hasta nosotros, pero la diferencia que marca este film de ficción -El Benny- del 2006, entre otras de sus cualidades, está dada porque aquí, lejos de construirnos una imagen a semejanza, logra otra cosa, es el aliento de Moré y no su físico, el que nos estremece, pues Renny Arozarena concentró en su personaje buena parte de los resortes emotivos, exteriores e interiores, (en el caso de su diseño psicológico) al personaje protagónico, con una pericia tal que la diferencia de sus rostros pasa a un segundo plano. Arozarena no procura parecerse al Benny, él manifiesta en la puesta que es el cantante, independientemente de su desigual parecido y el público lo acepta, como una especie de contrato entre el filme y el espectador que sólo lo salva la buena dirección y la magnifica actuación.
La abundancia de pequeñas historias sobre el personaje es tal que a ratos la cinta parece hecha de forma fragmentada, sin coherencia dramática o conexión entre cada secuencia o partícula narratológica, pero al mismo tiempo el trabajo de montaje y edición las complementa, pues la hilaridad del discurso radica en este preciso detalle: la dispersión de las acciones en el tiempo y el espacio, y la disolución evidente de los diferentes segmentos que no responden a un orden estrictamente cronológico de la vida del Benny, pues no se pretende un documento, sino, a través de los testimonios recopilados e investigados por su guionista y realizador, se intenta recrear la realidad desde la más pura ficción, matizada por un conflicto bien manejado y nada complejo en su exposición, al estilo de las mejores biopic norteamericanas.
Dos subtramas acompañan al filme que pienso no aportan nada a una progresión dramática de la película y están referidas a la del empresario que contrata al Benny, representada por Carlos Ever Fonseca, y que nunca logra concretar la actuación en su cine; la prostituta de cabaret que acepta sus regalos amorosos, interpretada por Isabel Santos; y Salvador Wood en el papel del abuelo del empresario, porque con la ausencia de estos personajes el conflicto avanza sin mayores tropiezos, viniendo a confirmar que son estos papeles secundarios, algo así como hojarascas artificiales que giran sin pretensión en el conflicto, sólo adornan, no definen o aportan al problema elementos dramáticos vitales o puntos de giro alguno, independientemente de que estén bien actuados. Isabel Santos pudo, incluso, haber doblado la voz de alguna bolerista nuestra, actual, para obtener un dato de época, ¿No se hizo lo mismo con Renny, por razones obvias?, por otro lado, resulta muy logrado el desempeño de Mario Guerra en su papel de arreglista y músico alcohólico -desahuciado-, sin grandes apariciones a lo largo de la película; cuando lo hace, su presencia es notable; Enrique Molina brilla con la intensidad que el guión y la puesta le permite, y justifica en buena medida su papel de «Pepe-Grillo» del Benny. A pesar de estos sucesos menores de la producción, la propuesta define bastante la atmósfera que rodeo a este ídolo de la música cubana.
Algo quedó claro, a Benny Moré se le debía hace muchos años una película cubana, y Jorge Luis cumplió con bastante dignidad esa cristalización de un personaje tan público y querido como lo fue el Benny, al lograr poner en imágenes concretas algo que se iba perdiendo en el ideario de los cubanos más viejos, que escucharon, vieron y bailaron al ritmo de El bárbaro, y vuelve a colocar a este grande de la música popular ante los ojos de la nuevas generaciones de cubanos, renovando un mito de la cultura nacional.
Publicado: viernes 13 de abril del 2018.
Última modificación: lunes 03 de junio del 2019.



