El deber del artista es formular de forma correcta la
pregunta, exponer el problema del modo apropiado;
no necesita dar respuestas: puede dejar al especialista
o al lector las soluciones o las respuestas correctas.
Antón Chéjov
Antes de la tormenta, el mar; una masa líquida ondulando como la viscosa, silenciosa y dulce miel, invitándonos a dormir en su superficie sin el temor de hundirnos en las profundidades.
La tormenta es el sobresalto, la sorpresa, la pasmosa sacudida, el cambio; es la admisión psicológica del hecho. La calma es el mar nuevo, distinto, porque hemos aprehendido la lección: dentro de los más densos líquidos también podemos viajar al fondo, sólo es cuestión de tiempo y gravedad.
«Suite Habana» es una inteligente combinación natural de convulsión, sorpresas, espasmos y asombros estéticos; dulce mirada que no por serlo deja de ser profunda; es, además, el ciclo vital de un amor humano, es la tormenta.
La cinta borra la frontera entre lo puramente documental y la ficción; sus personajes no actúan, sus vidas cotidianas parecen actuadas, en esa eclosión del tiempo, en la desintegración elíptica de las burdas horas que nos suceden hasta el fin de nuestra existencia, en una Habana señalada y señalando el espacio con la luz de su faro que dirige a navíos de todas las latitudes.
Varias historias delante de nuestros ojos y oídos como organismos vivos, vibrando al unísono en un paralelismo propio de sus íntimas y únicas particularidades, en una pluralidad de sentimientos, esperanzas que las hacen comunes.
Cuando las miradas son buenas e inteligentes, sobran las palabras, y Fernando Pérez nos regala una imagen tangible, una versión medular de su propia verdad habanera, sin concesiones panfletarias o arrogancias al límite. La realidad, muchas veces, es más grosera que la complejizadora visión de esta película cubana.
Todos los días encontramos un padre, un hijo, la ausencia de una madre, una anciana que vende maní a diario, un médico que todo el tiempo quisiera ser actor -todos los minutos de este mundo-; en una iglesia la gente reza y sale a buscar el pan nuestro de cada día, los días pasan y los aviones vuelan con ellos a Miami, llevando y trayendo la sagrada familia.
Lo que no ocurre todos los días es sublimar esas horas, esas historias, cual partitura genial de una suite para La Habana, que bien pudiera ser para cualquier parte en esta isla nuestra, y Fernando Pérez, auxiliado por un equipo inmenso de conocimiento, profundo como la mar y tormentoso como la realidad, ha recalado en la orilla de una playa de mansas y transparentes aguas.
Destaque tiene la editora Julia Yip que junto al director supieron montar, armar -con la sapiencia de quien sabe posee el don de la creación- esta obra, conscientes de tocar la realidad con las manos del intelecto porque está latente el uso del ritmo del corazón, enteramente humano, sin dobleces.
La fotografía pinta más con luces que con sombras las escenas nunca construidas, solamente recreadas desde la óptica de lo perceptible y de un mundo simbólico; retrata lo que no está en la superficie de una viscosa miel marina, lo agridulce visto desde el asombro de la tormenta con plena aprehensión del verdadero rostro de la película. Aquí se supo encontrar más que buscar.
Las lágrimas, humedeciendo nuestro rostro en un salón cinematográfico, son auténticas, lo puedo testificar; las alegrías y las esperanzas también son sensaciones telúricas provocadas, exclusivamente, por lo que conmocionan nuestra sensibilidad, sin previa sugestión de nada, ni de nadie.
La vida nos obsequia un presente sonoro, aunque la propia naturaleza no suene siempre igual, podemos en cambio percibir el goce provocado por ciertos cantos animales y sonidos ambientales; la película obtiene este dato de la realidad cambiándolo para bien de la obra que con obligada referencia musical tejen el entramado de su banda sonora. Edesio Alejandro marca nuevamente esta especialidad cinematográfica, creando una música ligada íntimamente a la estructura narratológica general del filme; Edesio protege, con su signo sonoro musical, el instinto sublime del espectador de separar lo rutinario, que por ser tan cotidiano es imperceptible, y lo trueca en algo notable, connotativo, que por no ser común, apoya, resalta y magnifica la obra toda.
Suite Habana es el conjunto, es la pluralidad creativa de un equipo que supo cristalizar una idea, pero ante todo estamos en presencia de una pieza de auteur. "Como la espada de buen temple, la obra artística debe forjarse en caliente, limarse en frío, y probarse en duro, es decir, en el blanco de la oposición y la controversia".
La película de Fernando Pérez es, por añadidura, una obra muy cubana, más allá del sistema solar; provoca lo vivido, pero desde la esquina donde no nos habíamos parado, desde donde vemos reflejado un sector fenomenal de la isla contemporánea.
Suite Habana no es la tormenta, Suite Habana es el mar.
Manzanillo, agosto 15, 2004.
Publicado: viernes 13 de abril del 2018.
Última modificación: lunes 03 de junio del 2019.



