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Bitácora de la tristeza.


Premio Iberoamericano de la Décima "El Cucalambé", 2007.

402.pngBitácora contra la tristeza. 

Lo confieso: no me gustan los prólogos. Suelo saltarlos olímpicamente y meterme en los textos para sudar, soñar con los amores y rabias del poeta. Siempre (o casi siempre) es mejor el libro que su prólogo y sé que no será éste (que escribo por encargo, por la obligación de haber sido por error de alguien el presidente del Jurado del Premio Iberoamericano Cucalambé 2007, y por haber premiado sin injusticias a Bitácora de la tristeza) la excepción. Por tanto, el derecho a irse o a quedarse en estas páginas, inteligente lector, no debo ofrecerlo.
 
Pase a los versos y que levante la mano la poesía, el corazón del poeta. Descubra cuánto de ese hombre en medio de la multitud y terriblemente anónimo (universalmente anónimo) que somos nosotros tiene este poemario. Bitácora de la tristeza ganó el premio más codiciado de la décima escrita en Hispanoamérica: un premio que, libro a libro, ha sedimentado un prestigio peligroso: el de competir (en medio de un ámbito poético y crítico de corrillos literarios que privilegian el verso libre) con los mejores libros que se premian en cualquier concurso importante de poesía en el país.
 
Sin embargo, esto no declara aún las mejores bondades de este cuaderno, si estamos de acuerdo en que la poesía cubana está sufriendo uno de sus peores declives, entre las cuerdas flojas de la tropología ininteligible, el remedo filosófico y filológico y el coloquialismo desvitalizado. Incluso la décima escrita parece acercarse al callejón sin salida del puro experimentalismo que convierte al poema en artefacto, en manierismo sin sentido. Resulta interesante observar que, a pesar de que la décima peligra al caminar hacia un punto ciego, ha sido bueno bañarse en el río heracliteano: la décima de los noventa del pasado siglo y de los primeros ocho años del nuevo milenio es nunca la misma. Hubo una voluntad neovanguardista y neomodernista en sacar del molde a ese estrato que apenas evolucionaba desde su paroxismo literario en los siglos de Oro, en hacer que la décima fuera dinamitada, regurgitada. Se intentó incluso (se intenta aún, véalo en este poemario) lo imposible, destruir su estructura, su esqueleto primario; hacerla parecer verso sin cárcel: demoler su apariencia ilusoria de hijo pobre y bastardo. Indudablemente, la razón está en que los mejores experimentadores de la décima escrita en los últimos años eran poetas, en que esa pobre definición que divide a los poetas y a los decimistas había sido borrada en el acto creativo. Este acto de reivindicación de la décima que se hizo fuerte en los años 90, tuvo paradigmas anteriores: Lezama Lima, Nicolás Guillén, Eliseo Diego (sus décimas son lo mejor de este grupo), entre otros. Ellos fueron adelantados.
 
Es cierto que el Premio Cucalambé ha favorecido los cuadernos que apuestan por la transformación y el experimento, y esto ha hecho que muchos (sobre todo entre los más jóvenes poetas) crean que lo que premia este concurso es el Camino de la décima, cuando en materia de poesía no hay un solo camino (tal vez por eso la poesía pueda alimentar, aliviar, pero no salvar), sino muchos meandros, océanos, brújulas. La décima corre el peligro de contraer esa enfermedad que ya está azotando la cuentística actual (según los cuentos premiados por algunos importantes concursos nacionales): dar la impresión de que todos salen del mismo molde, de un alambique literario donde todos se copian, repiten las mismas estructuras, palabras, símbolos y vicios, lo que llamamos vanidosamente un estilo. Ya esto lo habíamos advertido Carlos Tamayo, Jesús David Curbelo y yo cuando premiamos en el año 2005 las excelencias de Toque de queda, el poemario de Carlos Esquivel que sobresalía como el Everest entre los demás textos, un aluvión de manuscritos (la frase es de Curbelo) cuyas coincidencias temáticas (la religiosidad del discurso, las alusiones a la antigüedad clásica, la angustia) parecían obedecer, en la mayoría de los casos, más a una retórica de época que a auténticas inquietudes conceptuales de los autores.
 
Afortunadamente, en los dos últimos concursos de décima en los que he participado como Jurado (el Cucalambé, ganado por Bitácora... y el Décima Joven de Cuba, que premió al hermoso cuaderno Cuerpo de isla sordomuda, de Diusmel Machado) he notado con alivio que al menos en los textos vencedores hay una voluntad de resistencia a seguir el río revuelto de la poesía cubana actual. 
 
Descubrir Bitácora de la tristeza fue como entrar de nuevo a la tierra prometida de la décima escrita. Ciertamente, tiene todo lo que tuvieron los últimos libros premiados (la arquitectura postmoderna, la fusión intergenérica, la irregularidad métrica, la presencia del mito y el palimpsesto). Pero tiene más, por encima de la retórica postmoderna y desontologizadora que puede bajo los mismos ingredientes producir la poesía más insípida. En realidad, Besú es un poeta de médulas que han gloriosamente ardido; no finge el llanto y la risa, el dolor y la esperanza. Y lo que solemos nombrar corazón, pulso o madera, eso que es inefable, aflora sin pedir permiso, viene sin ingenuidad a sajar la poesía, la vida. 
 
Logra este volumen ser moderno sin volverse ininteligible, consigue esa calidad del sedimento lírico donde se amalgaman las ganancias poéticas de los maestros (El Cucalambé, Florit, el Indio Naborí, Eliseo Diego) y de los mejores decimistas actuales. 
 
Pero su mayor virtud está en ser un libro personal. El poeta escribe para sí, y sin embargo testifica. Su coloquialismo no es una técnica, sino esencia. El diálogo entre la ciudad y el hombre se vuelve subversivo y traumático, pero sobre todo raro y bello. El poeta no está en su torre; aquí es el hombre de la multitud, el que bajo el cielo y la lluvia reúne los pedazos dispersos de la patria, el que la devuelve, hecha poesía, a eso que llamamos universo. 403.pdf
                                                                                                                                                                                     Alberto Garrido
 


Publicado: lunes 22 de julio del 2019.
Última modificación: lunes 22 de julio del 2019.